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Carta de Julio Cortázar a Roberto Fernández Retamar


 

Saignon (Vaucluse), 10 de mayo de 1967

A Roberto Fernández Retamar, en La Habana.
Mi querido Roberto:

Te debo una carta y unas páginas para el número de la revista que tratará de la situación del
intelectual latinoamericano contemporáneo. Por lo que verás a renglón casi seguido, me resulta más
sencillo unir ambas cosas; hablando contigo, aunque sólo sea desde un papel por encima del mar,
me parece que alcanzaré a decir mejor algunas cosas que se me almidonarían si les diera el tono del
ensayo, y tú ya sabes que el almidón y yo no hacemos buenas camisas. Digamos, entonces, que una
vez más estamos viajando en auto rumbo a Trinidad y que depués de habernos apoderado con gran
astucia de los dos mejores asientos, con probable cólera de Mario, Ernesto y Fernando, apiñados
en el fondo, reanudamos aquella conversación que me valió pasar tres maravillosos días en enero
último, y que de alguna manera no se interrumpirá jamás entre tú y yo.
Prefiero este tono porque palabras como "intelectual" y "latinoamericano" me hacen levantar
instintivamente la guardia y si además aparecen juntas me suenan enseguida a disertación del tipo de
las que terminan casi siempre encuadernadas (iba a decir enterradas) en pasta española. Súmale a
eso que llevo dieciséis años fuera de Latinoamérica y que me considero sobre todo como un
cronopio que escribe cuentos y novelas sin otro fin que el perseguido ardorosamente por todos los
cronopios, es decir su regocijo personal. Tengo que hacer un gran esfuerzo para comprender que a
pesar de esas peculidaridades soy un intelectual latinoamericano; y me apresuro a decirte que si
hasta hace pocos años esa clasificación despertaba en mí el reflejo muscular consistente en elevar
los hombros hasta tocarme las orejas, creo que los hechos cotidianos de esta realidad que nos
agobia (¿realidad esta pesadilla irreal, esta danza de idiotas al borde del abismo?) obligan a
suspender los juegos, y sobre todo los juegos de palabra. Acepto, entonces, considerarme un
intelectual latinoamericano, pero mantengo una reserva: no es por serlo que diré lo que quiero
decirte aquí. Si las circunstancias me sitúan en ese contexto y dentro de él debo hablar, prefiero que
se entienda claramente que lo hago como un ente moral, digamos lisa y llanamente como un hombre
de buena fe, sin que mi nacionalidad y mi vocación sean las razones determinantes de mis palabras.
El que mis libros estén presentes desde hace años en latinoamérica no invalida el hecho deliberado
e irreversible de que me marché de la Argentina en 1951, y que sigo residiendo en un país europeo
que elegí sin otro motivo que mi soberana voluntad de vivir y escribir en la forma que me parecía
más plena y satisfactoria. Hechos concretos me han movido en los últimos cinco años a reanudar un
contacto personal con Latinoamérica, y ese contacto se ha hecho por Cuba y desde Cuba; pero la
importancia que tiene para mí ese contacto no se deriva de mi condición de intelectual
latinoamericano; al contrario me apresuro a decirte que nace de una perspectiva mucho más
europea que latinoamericana y más ética que intelectual. Si lo que sigue ha de tener algún valor,
debe nacer de una total franqueza, y empiezo por señalarlo a los nacionalistas de escarapela y
banderita que directa o indirectamente me han reprochado muchas veces mi "alejamiento" de mi
patria o, en todo caso, mi negativa a reintegrarme físicamcnte a ella.
En última instancia tú y yo sabemos de sobra que el problema del intelectual contemporáneo es uno
solo, el de la paz fundada en la justicia social, y que las pertenencias nacionales de cada uno sólo
subdividen la cuestión sin quitarle su carácter básico. Pero es aquí donde un escritor alejado de su
país se sitúa forzosamente en una perspectiva diferente. Al margen de la circunstancia local, sin la
inevitable dialéctica del challenge and response cotidianos que representan los problemas políticos,
económicos o sociales del país y que exigen el compromiso inmediato de todo intelectual conciente,
su sentimiento del proceso humano se vuelve por decirlo así más planetario, opera por conjuntos y
por síntesis, y si pierde la fuerza concentrada en un contexto inmediato, alcanza en cambio una
lucidez a veces insoportable, pero siempre esclarecedora. Es obvio que desde el punto de vista de
la mera información mundial, da casi lo mismo estar en Buenos Aires que en Washington o en
Roma, vivir en el propio país o fuera de él. Pero aquí no se trata de información sino de visión.
Como revolucionario cubano, sabes de sobra hasta qué punto los imperativos locales, los
problemas cotidianos de tu país, forman por así decirlo un primer círculo vital en el que debes obrar
e incidir como escritor, y que ese primer círculo en el que se juega tu vida y tu destino personal a la
par de la vida y el destino de tu pueblo, es a la vez contacto y barrera con el resto del mundo,
contacto porque tu batalla es la de la humanidad, barrera porque en la batalla no es fácil atender a
otra cosa que a la línea de fuego.
No se me escapa que hay escritores con plena responsabilidad de su misión nacional que bregan a
la vez por algo que la rebasa y la universaliza, pero bastante más frecuente es el caso de los
intelectuales que sometidos a ese condicionamiento circunstancial, actúan, por así decirlo, desde
fuera hacia adentro, partiendo de ideales y principios universales para circunscribirlos a un país, a
un idioma, a una manera de ser. Desde luego n creo en los universalismos diluidos y teóricos, en las
"ciudadanías del mundo", entendidas como un medio para evadir las responsabilidades inmediatas y
concretas­Vietnam, Cuba, toda Latinoamérica­en nombre de un universalismo más cómodo por
menos peligroso; sin embargo, mi propia situación personal me inclina a participar en lo que nos
ocurre a todos, a escuchar las voces que entran por cuaquier cuadrante de la rosa de los vientos. A
veces me he preguntado qué hubiera sido de mi obra de haberme quedado en la Argentina; sé que
hubiera seguido escribiendo porque no sirvo para otra cosa, pero a juzgar por lo que llevaba hecho
hasta el momento de marcharme de mi país, me inclino a suponer que habría seguido la concurrida
vía del escapismo intelectual que era la mía hasta entonces, y sigue siendo la de muchísimos
intelectuales argentinos de mi generación y mis gustos. Si tuviera que aumentar las causas por las
que me alegro de haber salido de mi país (y queda bien claro que hablo por mí solamente, y de
ninguna manera a título de parangón) creo que la principal sería el haber seguido desde Europa, con
una visión des-nacionalizada, la Revolución Cubana. Para afirmarme en esta convicción me basta,
de cuando en cuando, hablar con mis amigos argentinos que pasan por París con la más triste
ignorancia de lo que verdaderamente ocurre en Cuba; me basta hojear los periódicos que leen
veinte millones de compatriotas; me basta y me sobra sentirme cubierto de la influencia que ejerce
la información norteamericana en mi país y de la que no se salvan, incluso creyéndolo sinceramente,
infinidad de escritores y artistas argentinos de mi generación que comulgan todos los días con las
ruedas de molino subliminales de United Press y las revistas "democráticas" que marchan al compás
de Time o de Life.
Aquí ya puedo hablar en primera persona, puesto que de eso se trata en los testimonios que nos
has pedido. Lo primero que diré es una paradoja que puede tener su valor si se la mide a la luz de
los párrafos anteriores en que he tratado de situarme y situarte mejor. ¿No te parece en verdad
paradójico que un argentino casi enteramente volcado hacia Europa en su juventud, al punto de
quemar las naves y venirse a Francia, sin una idea precisa de su destino, haya descubierto aquí,
depués de una década, su verdadera condición de latinoamericano? Pero esta paradoja abre una
cuestión más honda: la de si no era necesario situarse en la perspectiva más universal del viejo
mundo, desde donde todo parece poder abarcarse con una especie de ubicuidad mental, para ir
descubriendo poco a poco las verdaderas raíces de lo latinoamericano, sin perder por eso la visión
global de la historia y del hombre. La edad, la madurez, influyen desde luego, pero no bastan para
explicar ese proceso de reconciliación y recuperación de valores originales; insisto en creer (y en
hablar por mí mismo y sólo por mí mismo) que si me hubiera quedado en la Argentina, mi madurez
de escritor se hubiera traducido de otra manera, probablemente más perfecta y satisfactoria para
los historiadores de la literatura, pero ciertamente menos incitadora, provocadora y en última
instancia fraternal para aquelllos que leen mis libros por razones vitales y no con vistas a la ficha
bibliográfica o la clasificación estética. Aquí quiero agregar que de ninguna manera me creo un
ejemplo de esa "vuelta a los orígenes"­telúricas, nacionales, lo que quieras­ que ilustra precisamente
una importante corriente de la literatura latinoamericana, digamos Lospasosperdidos y, más
circunscritamente, Doña Bárbara. El telurismo como lo entiende entre ustedes un Samuel Feijoo,
por ejemplo, me es profundamente ajeno por estrecho, parroquial y hasta diría aldeano; puedo
comprenderlo y admirarlo en quienes no alcanzan, por razones múltiples, una visión totalizadora de
la cultura y de la historia, y concentran todo su talento en una labor "de zona", pero me parece un
preámbulo a los peores avances del nacionalismo negativo cuando se convierte en el credo de
escritores que, casi siempre por falencias culturales, se obstinan en exaltar los valores del terruño
contra los valores a secas, el país contra el mundo, la raza (porque en eso se acaba) contra las
demás razas. ¿Podrías tú imaginarte a un hombre de la latitud de un Alejo Carpentier convirtiendo
la tesis de su novela citada en una inflexible bandera de combate? Desde luego que no, pero los hay
que lo hacen, así como hay circunstancias de la vida de los pueblos en que ese sentimiento del
retorno, ese arquetipo casi junguiano del hijo pródigo, de Odiseo al final del periplo, puede derivar
a una exaltación tal de lo propio, que por contragolpe lógico, la vía del desprecio más insensato se
abra hacia todo lo demás. Y entonces ya sabemos lo que pasa, lo que pasó hasta 1945, lo que
puede volver a pasar.
Quedamos entonces, para volver a mí, que soy desganadamente el tema de estas páginas, que la
paradoja de redescubrir a distancia lo latinoamericano entraña un proceso de orden muy diferente a
una arrepentida y sentimental vuelta al pago. No solamente no he vuelto al pago, sino que Francia,
que es mi casa, me sigue pareciendo el lugar de eleccción para un temperamento como el mío, para
mis gustos y, espero, para lo que pienso todavía escribir antes de dedicarme a la vejez, tarea
complicada y absorbente, como es sabido. Cuando digo que aquí me fue dado descubrir mi
condición de latinoamericano, indico tan sólo una de las consecuencias de una evolución más
compleja y abierta. Esta no es una autobiografía y por eso resumiré esa evolución en el mero apunte
de sus etapas. De la Argentina se alejó un escritor para quien la realidad, como lo imaginaba
Mallarmé, debía culminar en un libro; en París nació un hombre para quien los libros deberán
culminar en la realidad. Ese proceso comportó muchas batallas, derrotas, traiciones y logros
parciales. Empecé por tener conciencia de mi prójimo, en un plano sentimental y, por decirlo así,
antropológico; un día desperté en Francia a la evidencia abominable de la guerra deArgelia, ya que
de muchacho había seguido la guerra de España y más tarde la guerra mundial como una cuestión
en la que lo fundamental eran pricipios e ideas en lucha. En 1957 empecé a tomar conciencia de lo
que pasaba en Cuba (antes había noticias periodísticas de cuando en cuando, vaga nocion de una
dictadura sangrienta, como tantas otras; ninguna participación afectiva, a pesar de la adhesión en el
plano de los principios). El triunfo de la Revolución Cubana, los primeros años del gobierno, no
fueron ya una mera satisfacción histórica o política, de pronto sentí otra cosa, una encarnación de la
causa del hombre, como por fin había llegado a concebirla y desearla. Comprendí que el
socialismo, que hasta entonces me había parecido una corriente histórica aceptable e incluso
necesaria, era la única corriente de los tiempos modernos que se basaba en el hecho humano
esencial, en el ethos tan elemental como ignorado por las sociedades en que me tocaba vivir, en el
simple, inconcebiblemente difícil y simple principio de que la humanidad empezará verdaderamente
a merecer su nombre el día en que haya cesado la explotación del hombre por el hombre. Más allá
no era capaz de ir, porque como te lo he dicho y probado tantas veces, lo ignoro todo de la
filosofía política, y no llegué a sentirme un escritor de izquierda a consecuencia de un proceso
intelectual sino por el mismo mecanismo que me hace escribir como escribo o vivir como vivo, un
estado en el que la intuición, la participación al modo mágico en el ritmo de los hombres y las cosas,
decide mi camino sin dar ni pedir explicaciones. Con una simplificación demasiado maniquea puedo
decir que así como tropiezo todos los días con hombres que conocen a fondo la filosofía marxista y
actúan sin embargo con una conducta reaccionaria en el plano personal, a mí me sucede estar
empapado por el peso de toda una vida en la filosoffa burguesa, y sin embargo me interno cada vez
más por las vías del socialismo. Y no es fácil, y ésa es precisamente mi situación actual por la que
se pregunta en esta encuesta. Un texto mío que publicaste hace poco en la revista, "Casilla del
camaleón", puede mostrar una parte de ese conflicto permanente de un poeta con el mundo, de un
escritor con su trabajo.
Pero para hablar de mi situación como escritor que ha decidido asumir una tarea que considera
indispensable en el mundo que lo rodea, tengo que completar la síntesis de ese camino que llegó a
su fin con mi nueva conciencia de la Revolución Cubana. Cuando fui invitado por primera vez a
visitar tu país, acababa de leer Cuba, isla profiética, de Waldo Frank, que resonó extrañamente
en mí, despertándome a una nostalgia, a un sentimiento de carencia, a un no estar verdaderamente
en el mundo de mi tiempo aunque en esos años mi mundo parisiense fuera tan pleno y exaltante
como lo había deseado siempre y lo había conseguido después de más de una década de vida en
Francia. El contacto personal con las realizaciones de la Revolución, la amistad y el diálogo con
escritores y artistas, lo positivo y lo negativo que vi y compartí en ese primer viaje, actuaron
doblemente en mí; por un lado tocaba otra vez la realidad latinoamericana, de la que tan lejos me
había sentido en el terreno personal, y por otro lado asistía cotidianamente a la dura y a veces
desesperada tarea de edificar el socialismo en un país tan poco preparado en muchos aspectos y
tan abierto a los riesgos más inminentes. Pero entonces sentí que esa doble experiencia no era
doble en el fondo, y ese brusco descubrimiento me deslumbró. Sin razonarlo, sin análisis previo, viví
de pronto el sentimiento maravilloso de que mi camino ideológico coincidiera con mi retorno
latinoamericano; de que esa Revolución, la primera revolución socialista que me era dado seguir de
cerca, fuera una revolución latinoamericana. Guardo la esperanza de que mi segunda visita a Cuba,
tres años más tarde, te haya mostrado que ese deslumbramiento y esa alegría no se quedaron en
mero goce personal. Ahora me sentía situado en un punto donde convergían y se conciliaban mi
convicción en un futuro socialista de la humanidad y mi regreso individual y sentimental a una
Latinoamérica de la que me habfa marchado sin mirar hacia atrás muchos años antes.
Cuando regresé a Francia luego de esos dos viajes, comprendí mejor dos cosas. Por una parte, mi
hasta entonces vago compromiso personal e intelectutal con la lucha por el socialismo entraría,
como ha entrado, en un terreno de definiciones concretas, de colaboración personal allí donde
pudiera ser útil. Por otra parte, mi trabajo de escritor continuaría el rumbo que le marca mi manera
de ser, y aunque en algún momento pudiera reflejar ese compromiso (como algún cuento que
conoces y que ocurre en tu tierra) lo haría por las mismas razones de libertad estética que ahora me
están llevando a escribir una novela que ocurre prácticamente fuera del tiempo y del espacio
histórico. A riesgo de decepcionar a los catequistas y a los propugnadores del arte al servicio de las
masas, sigo siendo ese cronopio que, como lo decía al comienzo, escribe para su regocijo o su
sufrimiento personal, sin la menor concesión, sin obligaciones "latinoamericanas" o "socialistas"
entendidas como a prioris pragmáticos. Y es aquí donde lo que traté de explicar al principio
encuentra, creo, su justificación más profunda. Sé de sobra que vivir en Europa y escribir
"argentino" escandaliza a los que exigen una especie de asistencia obligatoria a clase por parte del
escritor. Una vez que para mi considerable estupefacción un jurado insensato me otorgó un premio
en Buenos Aires, supe que alguna célebre novelista de esos pagos había dicho con patriótica
indignación que los premios argentinos deberían darse solamente a los residentes en el país. Esta
anécdota sintetiza en su considerable estupidez una actitud que alcanza a expresarse de muchas
maneras pero que tiende siempre al mismo fin; incluso en Cuba, donde poco podría importar si
habito en Francia o en Islandia, no han faltado los que se inquietan amistosamente por ese supuesto
exilio. Como la falsa modestia no es mi fuerte, me asombra que a veces no se advierta hasta qué
punto el eco que han podido despertar mis libros en Latinoamérica se deriva de que proponen un
literatura cuya raíz nacional y regional está como potenciada por una experiencia más abierta y más
compleja, y en la que cada evocación o recreación de lo originalmente mío alcanza su extrema
tensión gracias a esa apertura sobre y desde un mundo que lo rebasa y en último extremo lo elige y
lo perfecciona. Lo que entre ustedes ha hecho un Lezama Lima, es decir asimilar y cubanizar por
vía exclusivamente libresca y de síntesis mágicopoética los elementos más heterogéneos de una
cultura que abarca desde Parménides hasta Serge Diaghilev, me ocurrre a mí hacerlo a través de
experiencias tangibles, de contactos directos con una realidad que no tiene nada que ver con la
información o la erudición pero que es su equivalente vital, la sangre misma de Europa. Y si de
Lezama puede afirmarse, como acaba de hacer Vargas Llosa en un bello ensayo aparecido en la
revista Amaru que su cubanidad se afirma soberana por esa asimilación de lo extranjero a los jugos
y a la voz de su tierra, yo siento que también la argentinidad de mi obra ha ganado en vez de perder
por esa ósmosis espiritual en la que el escritor no renuncia a nada, no traiciona nada, sino que sitúa
su visión en un plano desde donde sus valores originales se insertan en una trama infinitamente más
amplia y más rica y por eso mismo­como de sobra lo sé yo aunque otros lo nieguen­ganan a su vez
en amplitud y riqueza, se recobran en lo que pueden tener de más hondo y de más valedero.
Por todo esto, comprenderás que mi "situación" no solamente no me preocupa en el plano personal
sino que estoy dispuesto a seguir siendo un escritor latinoamericano en Francia. A salvo por el
momento de toda coacción, de la censura o la autocensura que traban la expresión de los que viven
en medios políticamente hostiles o condicionados por circunstancias de urgencia, mi problema sigue
siendo, como debiste sentirlo al leer Rayuela, un problema metafísico, un desgarramiento continuo
entre el monstruoso error de ser lo que somos como individuos y como pueblos en este siglo , y la
entrevisión de un futuro en el que la sociedad humana culminaría por fin en ese arquetipo del que el
socialismo da un visión práctica y la poesía una visión espiritual. Desde el momento en que tomé
conciencia del hecho humano esencial, esa búsqueda representa mi compromiso y mi deber. Pero
ya no creo, como pude cómodamente creerlo en otro tiempo, que la literatura de mera creación
imaginativa baste para sentir que me he cumplido como escritor, puesto que mi noción de esa
literatura ha cambiado y contiene en sí el conflicto entre la realización individual como la entendía el
humanismo, y la realización colectiva como la entiende el socialismo, conflicto que alcanza su
expresión quizá más desgarradora en el Marat-Sade de Peter Weiss. Jamás escribiré expresamente
para nadie, minorías o mayorías, y la repercusión que tengan mis libros será siempre un fenómeno
accesorio y ajeno a mi tarea; y sin embargo hoy sé que escribo para, que hay una intencionalidad
que apunta a esa esperanza de un lector en el que reside ya la semilla del hombre futuro. No puedo
ser indiferente al hecho de que mis libros hayan encontrado en los jóvenes latinoamericanos un eco
vital, una confirmación de latencias, de vislumbres, de aperturas hacia el misterio y la extrañeza y la
gran hermosura de la vida. Sé de escritores que me superan en muchos terrenos y cuyos libros, sin
embargo, no entablan con los hombres de nuestras tierras el combate fraternal que libran los míos.
La razón es simple, porque si alguna vez se pudo ser un gran escritor sin sentirse partícipe del
destino histórico inmediato del hombre, en este momento no se puede escribir sin esa participación
que es responsabilidad y obligación, y sólo las obras que la trasunten, aunque sean de pura
imaginación, aunque inventen la infinita gama lúdrica de que es capaz el poeta, y el novelista, aunque
jamás apunten directamente a esa participación, sólo ellas contendrán de alguna indecible manera
ese temblor, esa presencia. esa atmósfera que las hace reconocibles y entranables, que despierta en
el lector un sentimiento de contacto y cercanía.
Si esto no es aún suficientemente claro, déjame completarlo con un ejemplo. Hace veinte años veía
yo en un Paul Valéry el más alto exponente de la literatura occidental. Hoy continúo admirando al
gran poeta y ensayista, pero ya no representa para mí ese ideal. No puede representarlo quien a lo
largo de toda una vida consagrada a la meditación y a la creación, ignoró soberanamente (y no sólo
en sus escritos) los dramas de la condición humana que en esos mismos años se abrían paso en la
obra epónima de André Malraux, desgarrada y contradictoriamente pero de una manera admirable
precisamente por ese desgarramiento y esas contradicciones, en un André Gide. Insisto en que a
ningún escritor le exijo que se haga tribuno de la lucha que en tantos frentes se está librando contra
el imperialismo, en todas sus formas, pero sí que sea testigo de su tiempo como lo querían Martfnez
Estrada y Camus, y que su obra o su vida (¿pero cómo separarlas?) den ese testimonio en la forma
que les sea propia. Ya no es posible respetar como se respetó en otros tiempos al escritor que se
refugiaba en una libertad mal entendida para dar la espalda a su propio signo humano, a su pobre y
maravillosa condición de hombre entre hombres, de privilegiado entre desposeídos y martirizados.
Para mí, Roberto, y con esto terminaré, nada de eso es fácil. El lento, absorbente, infinito y egoísta
comercio con la belleza y la cultura, la vida en un continente donde unas pocas horas me ponen
frente a los frescos de Giotto o los Velázquez del Prado, en la curva del Rialto del Gran Canal o en
esas salas londinenses donde se diría que las pinturas de Turner vuelven a inventar la luz, la
tentación cotidiana de volver como en otros tiempos a una entrega total y fervorosa a los problemas
estéticos e intelectuales, a la filosofía abstracta, a los altos juegos del pensamiento y de la
imaginación, a la creación sin otro fin que el placer de la inteligencia y de la sensibilidad, libran en mí
una interminable batalla con el sentimiento de que nada de todo eso se justifica éticamente si al
mismo tiempo no se está abierto a los problemas vitales de los pueblos, si no se asume
decididamente la condición de intelectual del tercer mundo en la medida en que todo intelectual, hoy
en día, pertenece potencial o efectivamente al tercer mundo puesto que su sola vocación es un
peligro, una amenaza, un escándalo para los que apoyan lenta pero seguramente el dedo en el
gatillo de la bomba. Ayer en Le Monde, un cable de la UPI transcribía declaraciones de Robert
McNamara. Textualmente, el secretario norteamericano de la defensa (¿de qué defensa?) dice esto:
"Estimamos que la explosión de un número relativamente pequeño de ojivas nucleares en cincuenta
centro urbanos de China, destruiría la mitad de la población urbana (más de cincuenta millones de
personas) y más de la mitad de la población industrial. Además, el ataque exterminaría a un gran
número de personas que ocupan puestos clave en el gobierno, en la esfera técnica y en la dirección
de las fábricas, así como una gran proporción de obreros especializados". Cito ese párrafo porque
pienso que, después de leerlo, un escritor digno de tal nombre no puede volver a sus libros como si
no hubiera pasado nada, no puede seguir escribiendo con el confortable sentimiento de que su
misión se cumple en el mero ejercicio de una vocación de novelista, de poeta o de dramaturgo.
Cuando leo un párrafo semejante, sé cuál de los dos elementos de mi naturaleza ha ganado la
batalla. Incapaz de acción política, no renuncio a mi solitaria vocación de cultura, a mi empecinada
búsqueda ontológica, a los juegos de la imaginación en sus planos más vertiginosos; pero todo eso
no gira ya en sí mismo y por sí mismo, no tiene ya nada que ver con el cómodo humanismo de los
mandarines de occidente. En lo más gratuito que pueda yo escribir asomará siempre una voluntad
de contacto con el presente histórico del hombre, una participación en su larga marcha hacia lo
mejor de sí mismo como colectividad y humanidad. Estoy convencido de que sólo la obra de
aquellos intelectuales que respondan a esa pulsión y a esa rebeldía se encarnará en las conciencias
de los pueblos y justificará con su acción presente y futura este oficio de escribir para el que hemos
nacido.
Un abrazo muy fuerte de tu

Julio

Extraída del libro "Fervor de la Argentina" de Roberto Fernández Retamar ©1993, Ediciones del Sol, Buenos Aires, Argentina