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Con Julio Cortázar en Cuba


Desde la última vez que estuvo en Cuba, en febrero de 1963, Julio Cortázar ha envejecido quince minutos. Las opiniones sobre su edad, como se sabe, andan irremisiblemente divididas: que si tiene veinte años; que si tiene doscientos... Cosa comprensible, porque, aun que es afable y dulce (o precisamente por eso), produce una especie de miedo. Los hombres más altos levantan la cara para hablarle. Cuando la han levantado bastante, ven allá una cabeza más bien pequeña, una copiosa cabellera oscura, un mechón que cae siempre sobre la frente y que vanamente una mano intenta retirar. Pero uno no sólo ve, también es visto por dos implacables ojos azules que se deslizan a los lados de la cara. No hay manera de que Julio Cortázar se pasee por la calle sin que la gente no se vuelva para mirarlo. Aun si no fuera el hombre más alto de La Habana, me imagino que lo harían. Pero por ahora es definitivamente extenso, piernilargo y ligero como esos adolescentes codiciados por los equipos de baloncesto.
¿Qué se trajo esta vez a Cuba Julio Cortázar? Ya sabemos que con él vino uno de los mejores escritores del mundo. Pero vinieron además la delicadeza, el cariño, la bondad, que va a sacarse del bolsillo como si fueran su pipa; y a regalar sin énfasis, sin afectación. Y yo diría que también una extraña fuerza, que es lo que más me impresionó ahora, una fuerza última, que se encuentra muy pocas veces, y que nadie puede doblegar.
Como era previsible, en el aeropuerto desaparecerán sus maletas, para desolación de todos los que lo acompañábamos, y no de él; y como era también previsible, las maletas aparecerán esa noche en su cuarto del Hotel Nacional, aventura lógica en lo que él ha bautizado el país de los cronopios.
Cortázar ha venido a Cuba por segunda vez, para reunirse con sus colegas del comité de redacción de la revista e la Casa de las Américas, y para integrar el jurado de novela del concurso de esta institución. Ha declarado que no asiste a congresos ni forma parte de jurados, con una sola excepción: los de la Casa de las Américas, de Cuba: su Casa. La otra vez que estuvo en Cuba ya fascinó y fue fascinado. Se llevó consigo la crónica "Alegría de Pío" del otro gran argentino vivo -Che Guevara-, e incitado por ella escribió su admirable cuento Reunión, donde evoca el desembarco, a finales de 1956, de Fidel Castro y sus hombres, venidos en el yate Granma. Ese cuento aparecería después en el que por ahora es el último libro de Cortázar: Todos los fuegos el fuego. Se dice que un admirador argentino inconforme con la posición política de Julio evidenciada en ese cuento digno de ser situado, por otra parte, junto a El perseguidor, cortaría de ese libro, con una melancólica navaja, todas las hojas de aquel cuento, para tener Todos los fuegos el fuego sin ese fuego.
Cortázar ha dicho que, aunque nació por azar en Bruselas, es por supuesto argentino; y desde 1959 tiene también otro país: Cuba. Los cubanos andamos tan estrepitosamente contentos con esto, que Julio apenas puede atender en su hotel llamadas, visitas, entrevistas, suspiros, aleluyas. Cuando se comentó Rayuela en la Casa de las Américas, recién aparecida la obra, y a pesar que apenas habían llegado ejemplares al país, la sala tuvo más espectadores que nunca antes, hasta la calle, y hubo que suspender a pulso el conversatorio, pasada largamente la medianoche.
Ahora Cortázar ha estado durante cinco días que él llamó "extenuantes y muy bellos" conversando sobre el destino de la revista Casa de las Américas, con hombres como el novelista peruano Mario Vargas Llosa, el ensayista uruguayo Ángel Rama, el poeta haitiano René Depestre y los otros integrantes del comité de la revista. Con ellos ha redactado la espléndida "Declaración" en que se llama a la unidad de los intelectuales de izquierda frente a la penetración cultural norteamericana y se invita a una futura reunión de escritores y artistas del Tercer Mundo. Comentando esta declaración días después, Cortázar escribió: "Creo que al centrar el problema en la responsabilidad de los intelectuales del Tercer Mundo, se denuncian muchas cómodas ambigüedades y se sitúa al escritor frente a su más alta y necesaria definición; que las respuestas irán haciendo ver quién es quién y no tardarán en conocerse. Callar, por ejemplo, será una de las respuestas más estruendosas". Después de estas reuniones, Cortázar ha leído casi un centenar de novelas junto con Leopoldo Marechal, José Lezama Lima, Juan Marsé y Mario Monteforte Toledo) para conceder unánimemente el premio a David Viñas por su nueva novela: Los hombres de a caballo.
He pasado con Julio Cortázar muchos de sus días cubanos. No sólo todos los de la revista y algunos del premio, sino también una interminable noche (hasta el amanecer) cenando con Fidel Castro, y las noches de un hermoso viaje al interior de la isla: a Trinidad, la ciudad detenida a mediados del siglo XIX que recorrimos a la luz de la luna, que es cuando se hace más real, es decir, más espectral; a los sembradíos de cebollas, uvas y fresas en Banao, atendidos por mujeres; a un central azucarero que se llamaba antes de la revolución central Washington y se llama ahora, para evitar confusiones, central Jorge Washington.
En los largos paseos me entero de muchas cosas: de que publicó primero que nada un libro de poemas con seudónimo y en edición de autor; de que el primer capítulo que escribió de Rayuela, sin saber lo que sería, es aquel alucinante en que Talita va sobre un tablón de Traveler a Oliveira, y que todos sus lectores leímos sobrecogidos, aunque no pudiéramos decir exactamente por qué; de que su primer autor predilecto, en los maravillosos seis años, fue Julio Verne, a quien rendirá homenaje particular en su próximo libro, La vuelta al día en ochenta mundos, escrito por un Julio, ilustrado por otro Julio y que editará Siglo XXI, por supuesto que en julio próximo.
En las noches habaneras, abriéndose paso entre periodistas, Julio Cortázar lograba trasladar su osamenta fosforescente a El gato tuerto. Ahora hay allí una silla vacía. No me gustan las frases huecas, pero de veras que cuando Julio se fue, nos quedamos más pobres.

por Roberto Fernández Retamar

 

Extraído de la revista "Proa" número 43 Septiembre / Octubre de 1999 ("VIgencia de Julio Cortázar"). Ediciones Proa S. A.