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Julio y sus duendes


Al Lobo y la Osita (enormísimos cronopios)

 

Es curioso como se dan ciertas relaciones. En materia de amor, debo confesar que  he sido re-probado varias veces. Aún así, trato de aprender de las derrotas. 
 Borges sostenía que el laberinto más difícil, y tal vez el más peligroso, es el que va en línea recta. En los laberintos amorosos, a mí siempre me tocan en suerte  los rectos. Quizá sea por eso que me cuesta conectarme con las mujeres. No doy rodeos para conquistar sus corazones, sino que apunto directamente al intelecto. Anoche me fue dada la oportunidad de probar con una nueva arma de conquista: la literatura. Hace dos meses, a Lucio Costa, entrañable amigo y notable poeta, se le ocurrió armar en su nueva casa una especie de taller literario.  Todo empezó pasadas las dos de la madrugada en la mesa de un vídeo bar abarrotado de gente, mucho humo y música tipo marcha tronando desde los monitores que pendían de las paredes. La estridencia era tal que teníamos que gritar para ser oídos. Entonces Lucio disparó la frase salvadora: “muchachos, en casa tengo buen café  y algunas botellas de  licor que se están llenando de telarañas; la invitación la hago una sola vez, y el que no viene se jodió”. Sin pensarlo, pagamos la cuenta y fuimos. 
Así empezó y así siguen las reuniones; salvo por algunas pocas deserciones que actuaron como una autodepuración, y crecientes incorporaciones que nos enriquecen intelectual y literariamente.  
El  sábado quedó instituido como día de cenáculo literario. Generalmente comenzamos a llegar pasadas la once de la noche, y nunca terminamos antes de la seis de la mañana del día siguiente, momento en el que nos turnamos en la compra de facturas para el desayuno. Hoy me tocó a mí.  
No está claro a quien perteneció la propiedad. Según explicó Lucio, estaba en manos de una so-ciedad comandita por acciones que la había comprado por remate judicial ordenado a causa de deudas impagas desde 1974 en que se vio por última vez a su morador. Se supone que la casa no pertenecía a ese ocupante, sino que la había usurpado. Ahora es de Lucio. 
Cuando nos vino con la noticia de que se mudaba, lo primero que le preguntamos fue a que barrio. “Ningún barrio que no sea este; acá a la vuelta conseguí una vieja casona, del tiempo de María Antonieta, que es justo lo que andaba buscando. La compré a muy buen precio”, nos dijo con la cara iluminada de emoción. Y es verdad; la casa es de principios de siglo, con un gran patio interior con aljibe en el centro. De techos altos y ambientes inmensos que evocan tiempos de la colonia. Lo primero que hice cuando me la mostró no fue felicitarlo, precisamente, sino confesarle algo que me salió de adentro, como un anhelo postergado dirigido en forma de reproche acusador: “Es el lugar que siempre soñé para poder escribir a gusto; me lo has robado”. No sé  si él lo entendió así. No me respondió, y yo no intenté ninguna aclaración. 

En la primera reunión pasó algo entre la casa y yo que me conmovió: la sentí como mía, nada en ella me era ajeno; los olores, las paredes pintadas a la cal, el malbón del patio, las azucenas del macetero de tres patas junto al lavadero, las rejas forjadas de la escalera exterior que conduce a la terraza...  
 En aquél mágico encuentro, los duendes que habitaron por siempre aquella casona de Palermo, se presentaron —y aún lo hacen— en múltiples formas. Nunca se me ocurrió preguntar a Lucio o a los otros si alguna vez notaron su presencia. No me interesa saberlo. Prefiero creer que soy el único que los ve y dialoga con ellos.  
Anoche volví a verlos, les gusta mezclarse entre los presentes. Son gentiles y muestran una sonrisa permanente que parece dibujada por una mano celestial.  Fue entonces cuando la vi. Las sillas es-taban ordenadas formando un gran círculo. Estaba sentada junto al turco Kalib, mi  amigo de infancia y compañero eterno de tertulias literarias. Era una mujer joven, y sonreía como los duendes, lo que me hizo dudar, preguntándome si no sería uno de ellos. Ante esa encrucijada, temí estar traspasando el límite aceptable de esa dosis de locura tan necesaria para el escritor. No pude adivinar su edad, ese don parece estar vedado a los hombres, pero era bastante más joven que yo. Por pura casualidad o por al-gún capricho de la providencia, el espacio a su derecha estaba vacío; me senté y quedó flanqueada por el turco Kalib y yo. Le dije mi nombre y le pregunté el suyo.  “Carolina”, respondió. Eso bastó para que mi universo se redujera a nosotros dos. Era como si todos los presentes hubieran desaparecido. Le hablé de cosas sin sentido, como para que ella dijera algo y así poder descubrirla. Me confesó que era admiradora incondicional de Cortázar. 
No me sorprendió, porque estamos en la semana en que se conmemora su fallecimiento y la reunión de esa noche la dedicaríamos al repaso de su obra. Le dije que en mis comienzos como escritor, trataba de imitar su estilo, algo que hoy me cuesta erradicar. A ella se le iluminó la cara e inició una conversación que duraría horas. Nunca me sentí tan a gusto con una mujer como en esa ocasión. Intuí que a ella le pasaba lo mismo, porque en esa sala, no prestaba atención a nadie que no fuera yo, lo que me valió —eso creí— un acercamiento profundo a su universo. 
 “No se culpe a nadie” fue el nexo entre Cortázar y nosotros, algo así como  el punto de partida hacia un nuevo horizonte, o tal vez, la excusa que ambos necesitábamos para desnudar nuestros conocimientos literarios. Comenzamos con una divertida charla tratando de imaginarnos en la situación de aquél hombre atrapado por su propio pulóver. Carolina decía que el desenlace, con el hombre cayendo desde doce pisos  era como una liberación. Yo sostenía  lo contrario, porque Cortázar no explicaba qué ocurría al final de la caída, dejándolo librado a la imaginación del lector. Dije que yo había imaginado una continuación posible, y se la conté: Pensemos que  mientras caía, lo que empezó siendo una garra atroz, podría seguir transformándose y extendiéndose hacia el resto de su cuerpo para terminar convirtiéndolo en una horrible criatura, mitad lobo, mitad vampiro. Siguiendo con la idea, dije que en el último instante de su caída, el proceso podría haberse completado, y extendiendo sus alas, levantado vuelo hasta regresar a la misma habitación donde todo comenzara. Ya no estaría atrapado dentro de su suéter, sino dentro de sí mismo, lo que era peor, porque su alma seguiría respondiendo a lo más puro de su conciencia, pero su corteza exterior tendría vida propia y respondería a todas las bajezas de su sub-consciente. Podría darse que su mujer, ajena a todo lo acontecido, cansada de esperarlo en la tienda, fuera a buscarlo y a recriminarle la tardanza. Al ver en qué se había convertido su marido, se quedaría aterrada y sin decir palabra. Él trataría de  convencerla para que no temiera diciéndole que de algún modo todo volvería a la normalidad,  pero no le saldrían las palabras. Al verse reflejado en el espejo, advertiría su abominable apariencia exterior —que era su subconsciente—, y la compararía con la hermosa figura de ella. La sola idea de  perderla lo enloquecería; se abalanzaría sobre su esposa y le desfiguraría la cara de un zarpazo. La desdichada mujer, de ahí en más, dada su inocultable fealdad, comprendería que  no podría ser deseada por ningún otro hombre. Se quedarían juntos acatando y repi-tiendo aquella sentencia de Borges: “No nos une el amor sino el espanto” 
“Usted es muy imaginativo”, interrumpió Carolina. “No creo que Cortázar hubiera dejado se-mejante puerta abierta a la imaginación del lector. Sí creo que el hombre murió y punto. Esa es mi in-terpretación. A lo sumo podemos discutir si esa muerte fue una liberación o no”. 
Yo no tenía intención de discutir con ella sobre ningún asunto que pudiera abortar nuestro acer-camiento. Respondí que dadas las circunstancias y el desenlace del cuento, la idea de la liberación no era descabellada. También  le pedí que me llamara por mi nombre y dejara de tratarme de usted. Acce-dió a lo primero. 
Me pidió que le dijera cual de todos los cuentos de Cortázar me gustaba más. Sin titubear, con la cara más seria que pude, contesté: El dado egocéntrico. 
Su respuesta fue inmediata: “Vamos, usted sabe que eso no lo escribió él”. Le respondí que esa era una verdad a medias,  que Poniachik lo escribió como una travesura, y que cuando la bola de nieve fue creciendo y saltando de país en país y le pidieron explicación, no supo responder con certeza si sólo fue producto de su imaginación o algún duende de Cortázar guió su mano mientras lo concebía.  
“Ningún duende se atrevería a tal cosa. Además el cuento es de lo más vulgar; jamás Cortázar escribiría algo así”, dijo sin quitarme la vista de encima. Parecía ofendida. Sentí su mirada como si quisiera traspasarme y ver que había detrás de mí; fue una sensación extraña. Me costaba entender la situación. Lo que tenía claro era que  había perdido otro round; cuanto más trataba de acercarme a ella, más me alejaba.  
Así y todo, seguimos conversando y discutiendo sobre “Los Premios” “Rayuela”, “Historias de Cronopios y de Famas”, “62, modelo para armar”, “Un tal Lucas” y sus principales cuentos (que es lo mismo que decir "todos"), desmenuzándolos uno por uno. Y  cada tema me significaba un nuevo round perdido. Ya comenzaba a sentirme como el boxeador que se pasó toda una pelea recibiendo un duro castigo y espera el último round con la esperanza de conectar un solo golpe que duerma por toda la cuenta al contrario y lo redima ante su público. 
Un último intento desesperado me llevó a hablarle de “Los autonautas de la cosmopista”, ese desopilante relato que Cortázar escribió junto a Carol Dunlop, su última esposa. La idea de unir París con Marsella sin salirse de la autopista deteniéndose en todos los paraderos, fue la excusa de Julio para vivir intensamente el poco tiempo de vida que le quedaba a Carol.  
“Un acto sublime que lo pinta tal cual es; no podría esperar otra cosa de un cronopio, y menos tratándose de él”, dijo Carolina. Y lo dijo en un tono nostálgico, como si le doliera ese recordatorio. 
Sonreí cuando escuché lo de cronopio; a Cortázar ningún otro apelativo le sentó tan bien como ese. Le pregunté si creía que él la amaba realmente, o si  lo hizo en pago por compartir el último tramo de su trashumante vida. 
“Lo que el Lobo sentía, era amor real. Y no dejó pasar un solo día sin demostrarlo, se lo asegu-ro”.  
Era la primera vez que escuchaba a alguien referirse a Cortázar con ese apodo. La única persona que lo utilizaba era Carol, quien a su vez, permitía que él la llamara “Osita”. 
Me sentí aturdido. Nada estaba saliendo como yo lo esperaba. Esa noche, haciendo un enorme esfuerzo intelectual, traté de asimilar cada vocal, cada palabra o frase salida de su fina boca rosada. No pude hacerlo. Más trataba y más me confundía. Seguimos hablando un rato  hasta que, sin previo aviso, se levantó de un salto y me dijo: “acompáñeme”. Estuve a punto de  insistir con mi deseo de ser tutea-do y no lo hice. En cambio, obedecí de inmediato. Actuaba como un burro idiota siguiendo a una za-nahoria atada al palo de la esperanza.  
Salimos al patio. Pasamos junto al aljibe, el malbón y las azucenas del macetero de tres patas junto al lavadero, hasta que se detuvo frente a la escalera de rejas forjadas que conduce a la terraza...  
Estaba amaneciendo. Su cara, al igual que la luna en las mañanas claras, reflejaba  una blanque-cina luminosidad crepuscular. 
Eso me dejó pasmado. Parecía provenir de otro mundo, u otra dimensión. Su figura casi trans-parente parecía angelical. 
 “Gustavo, usted ha depositado esperanzas en mí que no puedo corresponder. Lo supe desde el instante en que me vio. Aunque hablamos de lo mismo y nos interesan las mismas cosas, somos dife-rentes. Quizá no lo sepa, pero esta noche ha estado magnífico. No puedo más que felicitarlo.”  
No entendía de qué hablaba. Si toda la noche la pasamos discutiendo desacuerdos y no había-mos llegado a ninguna coincidencia temática. ¿Por qué me felicitaba?  
Llegué a pensar que todo fue una pérdida de tiempo. 
De pronto la vi al final de la escalera. Hacía un instante estaba junto a mí, en el primer escalón... ¿Cómo había subido? 
Mirándola desde mi posición, parecía más pequeña, como si se alejara aún más. Temí perderla, una tontería de mi parte, porque jamás había sido mía.  Saltando los escalones de dos en dos, llegué a la terraza. Carolina había desaparecido. 
Cuando entré a la sala, todos seguían en sus asientos. Me miraban con expresión de ansiedad, como esperando que les dijera algo. Lucio fue el que inició un aplauso que fue repetido por todos los presentes, incluidos los duendes.  Mi estupor era tal, que me quedé parado en el medio del círculo con las dos manos apoyadas en mi cara. Las mejillas me ardían, mi corazón latía velozmente y mis piernas temblaban. Parecía un chico que acababa de recitar un poema en un acto escolar y recibía por primera vez los aplausos consentidos de padres, maestros y alumnos. Lo llamativo era que, a mi entender, aquella noche sólo había hablado con Carolina. “¿Qué cuernos aplauden?”, me pregunté casi con bron-ca. 
Cuando las palmas dejaron de sonar, me desplomé abatido sobre mi silla. A mi izquierda, Lucio  me miraba con una sonrisa de oreja a oreja; a su lado, el turco guiñaba un ojo en señal de una compli-cidad que yo no acababa de entender. 
“Queridos amigos, lo que acabamos de escuchar esta noche de la boca de mi mejor amigo, el escritor Gustavo Raimondo, es la revisión más detallada y perfecta de toda la obra de Cortázar.”, dijo Lucio sentado en la silla que, minutos antes, ocupara Carolina. Di un vistazo a mi alrededor y compro-bé que todos los asientos estaban ocupados. No era posible, si faltaba Carolina... 
Cuando me repuse y pude articular alguna palabra entendible, le pregunté a Lucio por la chica que había estado sentada en ese lugar.  
“¿Qué chica?”, preguntó sorprendido. 
Le dije que se llamaba Carolina, que estaba desde que comenzó la reunión, y que en ningún momento se había despegado de su asiento hasta el instante mismo en que los dos salimos al patio. 
El turco Kalib, que había escuchado, lo miraba a Lucio con cara de no entender, y Lucio, con la misma expresión en su cara, me dijo balbuceando que esa silla la había ocupado él toda la noche; que no conocía a nadie llamada Carolina, y que mi forma de preguntar lo asustaba. Hasta me preguntó si me sentía bien. 
  No recuerdo bien qué le contesté. Sí tengo presente el momento en que, con la excusa de que me tocaba el turno de comprar las facturas, salí de la casa rumbo a la panadería. Eran más de las seis. Al doblar la esquina me topé con una descolorida rayuela dibujada con pintura azul sobre los baldoso-nes de la vereda. Alguien había escrito recientemente y con tiza blanca, dos palabras reveladoras. En la casilla correspondiente a la tierra: Carolina. En la casilla del cielo: Carol. 
   De pronto todas mis dudas se disiparon. Salté uno por uno  los escaques de aquella rayuela celestial, y cuando mis pies se posaron sobre las letras de Carol me sentí el más feliz de los cronopios...  

Por Raimondo Gustavo