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La correspondencia Julio Cortázar- Fredi Guthmann


Artículo aparecido en la sección Cultura del diario "La Nación" el día 9 de febrero del 2000

La correspondencia Julio Cortázar- Fredi Guthmann
Perseguidores de absoluto

Eran dos aventureros espirituales. Entre ambos creció esa clase de amistad decisiva que perdura más allá del tiempo y de la distancia. Mientras que Cortázar creaba una obra excepcional, Guthmann se consagraba a la poesía, a la mística y a los viajes, pero no perdía de vista al joven escritor, que lo consultaba como a un oráculo. En breve se publicará el epistolario completo del autor de Rayuela (Alfaguara), que contiene las cartas entre estos amigos.


En 1940, Julio Cortázar acababa de volver a Buenos Aires. Había dado clases durante un año en la Universidad de Mendoza y conservaba todavía su aspecto de joven tímido y larguirucho, con esos ojos tan separados que le conferían una mirada extraña, como la del ajolote de su cuento. Estaba lleno de talento y lo sabía, pero también estaba en uno de esos momentos en los que, siguiendo con la imagen, alguien debe venir para sacarnos del acuario. Ese alguien se llamó Fredi Guthmann.
Conmueve imaginarse a los dos gigantones caminando por la calle, en Buenos Aires, Julio con su actitud de alumno que escucha humildemente, y Fredi, sólo tres años mayor, como maestro de poesía pero también de vida. Es que el poeta franco-argentino de familia judía alsaciana, nacido en San Isidro en 1911, había dado ya "la vuelta al día en ochenta mundos". Huérfano de padre y madre antes de la adolescencia, rico heredero rebelde y obsesionado por Rimbaud, había emprendido un largo viaje a la Polinesia, vivido en Tahití, atravesado el Pacífico en velero, naufragado y escapado de los últimos antropófagos de la Melanesia, intrigados sin duda por el sabor de su metro noventa, de su nariz de águila, de sus ojos almendrados y socarrones... "Estoy en las cimas de la frescura de vivir", le había escrito entonces a su hermano. Tan en las cimas que, a comienzos de los años treinta, ya se había permitido rechazar el ofrecimiento de André Breton que le quería publicar los poemas. "Demasiado pronto", había respondido, así como años después agregaría sin una pizca de amargura: "demasiado tarde".

Si Cortázar veía en él al atleta del cuerpo y del espíritu que le transmitía su arrogancia vital, su sentido del humor, y que lo había iniciado en el difícil arte de convertirse en "pararrayos de piantados" (origen de sus propios "cronopios"), también veía al europeo que él mismo ansiaba ser. Fredi, el amigo de Cioran, de Artaud, de Benjamin Fondane (ese poeta rumano invitado a la Argentina por Victoria Ocampo, y que terminó en Auschwitz), lo fascinaba como un enviado de otros mundos a los que él sentía suyos. Enviado en sentido espiritual, pero también concreto: Fredi, gran descubridor de talentos (fue uno de los primeros en comprar cuadros de Figari), no se limitó a percibir la calidad literaria de su amigo ni a emprender la primera traducción al francés de una obra de Cortázar, Los reyes, sino que también le proporcionó los medios para cumplir ese sueño, tan argentino, de abandonar una patria sentida como el exilio natal.

"En 1949 -recuerda la viuda de Guthmann, Natacha Czernichowska-, Fredi y yo decidimos casarnos. Entonces le cedí a Julio mi trabajo de traductora pública en el estudio de un húngaro-haitiano, Zoltan Havas. Por consejo de Fredi, Julio había aprobado los exámenes de traductor y trabajó con Havas hasta su partida a Francia en 1952".

Ese mismo año, 1949, es también el de la separación entre Julio y Fredi, que parte con Natasha a vivir durante dos años en el ashram del Ramana Maharshi y en los Himalayas, una experiencia interior definitiva, a partir de la cual Fredi Guthmann dejará de escribir. Su abandono de la poesía, aunque no de sus amigos poetas a los que siempre apoyará, y la certeza de haber accedido a una nueva serenidad frente a la cual toda palabra es inútil, sacuden fuertemente a Julio, que no puede ni quiere seguirlo en esa senda para él turbadora.

Las cartas inéditas de Julio Cortázar a Fredi Guthmann, de las que extraeremos algunos párrafos, están escritas, pues, a partir de ese año y abarcan el período que se extiende entre el viaje a la India de Fredi, cuando Julio trabajaba en el estudio de Havas, hasta los años sesenta, cuando ya se había convertido en lo que Fredi llamaba "un clásico". Nos las ha cedido Natacha Guthmann y forman parte de un volumen que la viuda de Cortázar, Aurora Bernárdez -a quien Julio menciona abundantemente en esa correspondencia-, publicará dentro de algunos meses.

Aquel Cortázar que languidece en Buenos Aires, sumido en la "jalea inmunda" de un "verano asfáltico" -al que se refiere diciendo que "todas las imprecaciones de Artaud serían pocas para calificar esta desmenuzación del alma que se opera cuando uno vuelve envuelto, por dentro y por fuera, en una atmósfera blanda y legamosa"- le pregunta a su amigo lejano: "¿quiere noticias literarias, Fredi? Mis últimos cuentos están en pruebas de página; los edita Sudamericana y saldrán en un par de meses. Durante el invierno escribí una novela, El examen; no se podrá publicar por razones de tema, pero me ha servido para escribir por fin como me gusta, en plena libertad. [...] Yahora [...] he reunido el mucho material que había juntado en varios años sobre Keats, y estoy haciendo de eso un libro [...] con relatos marginales y analogías [...], escandalosamente anti-universitario".

Más adelante, aludiendo a una carta de Fredi sobre su experiencia espiritual: "Tal vez me llegue el día en que acuda, con una muchedumbre, a sufrir la mirada de un iluminado. Por ahora soy un hombre que vive de sus impulsos más que de sus ideas, y que cree en la autenticidad de una vida conectada con todas las fuentes, con todas las aguas profundas. [...]. Vivo como un gran temblor, como un salto sin bailarín".

En otra carta de la misma época, esta confesión estremecedora: "Tengo la nostalgia europea, incesantemente. [...] Me elijo europeo, y me siento un cobarde por no cumplir mi elección. [...] Un día me iré, y eso será todo". Y, esta vez en respuesta a una carta de Fredi dirigida a Susana (Marie Pascal)y a él mismo, otra confesión, nuevamente de perplejidad ante el camino interior de su amigo: "Sólo que, Fredi, estoy muy lejos, y no sé todo lo que sabe usted, y no merezco lo que merece usted. Su experiencia [...] es la experiencia de aquel que agotó plenamente los frutos previos, las etapas previas". Una experiencia frente a la cual se autodefine así: "Este saco de huesos que ama la vida y le sale al encuentro en su pequeña medida sudamericana, en su mínima dimensión de literatura y de arte y de amor y de tiempo. Entonces, Fredi, su revelación me llega como la luz de la luna, recibiendo directamente la luz; y lo que me toca a mí es su carta con sus palabras -la luz de la luna para leer su carta".

En 1951, la gran noticia: "El gobierno francés acaba de darme una beca para estudiar diez meses en París, de octubre a julio de 1952".

Ese mismo año, antes de viajar, Cortázar vuelve a mostrarse extremadamente humilde ante su maestro, que ha vuelto a escribirle desde la India: "me pregunto [...] si este lenguaje mío no le llega ya a usted como un eco del pasado. [...] Usted ya tiene 'le lieu et la formule'. Pero el hecho de que encuentre palabras tan próximas a mi sensibilidad para escribirme, me prueba por otro lado que la distancia no es insalvable. [...] Esa oneness que tan desesperadamente buscó Keats en el panteísmo, en el animismo, la está usted buscando en el plano trascendente, y el hecho de que sea yo quien provoca esas palabras me confirma que seguimos próximos en la distancia".






Cortázar se llevó a París un disco, Stack O´Lee Blues, "que le guardaba toda la juventud", según sus propias palabras
Sara Facio

¿Qué se lleva Cortázar a París? "Un solo disco, metido entre la ropa; es un viejísimo blues de mi tiempo de estudiante, que se llama "Stack O'Lee Blues", y que me guarda toda la juventud". Por lo demás, ha tenido que vender íntegramente su discoteca de jazz, "que había empezado en 1933 con mis primeros pesos", cuando se reunía con sus amigos "en un sótano, con una vieja victrola a cuerda, para escuchar a Louis Armstrong y a Duke Ellington". Los discos no vendidos los ha regalado.Si se deshace de lo que ama, es que no piensa volver.

Y el viaje en el Provence, y las primeras cartas de París, y el deslumbramiento, y la Cité Universitaire, y el trabajo en la Unesco, y las aventuras con la Vespa (de la que dice, premonitoriamente, que esa motocicleta "hace lo suyo"), y la amistad con el pintor Sergio de Castro, y la relación con una joven francesa, Edith, que le lee Ubu cocu de Jarry sobre el que Cortázar desliza las siguientes palabras: "abunda en momentos memorables, como diría Borges (que está abundando menos)".

París, 12 de mayo de 1953. En una extensa carta, Cortázar se disculpa ante Fredi por su largo silencio. Motivos no le han faltado: "me puse la Vespa de sombrero, para no matar a una vieja idiota que se me cruzó en una esquina mientras yo cruzaba con todo derecho y luces verdes", cuenta. Y analiza su buena acción, que le ha costado dieciocho días en el hospital Cochin con la cara rota y una doble fractura de la pierna izquierda: "agarrándola de frente, es decir, aceptando matarla, me hubiera salvado con un porrazo y nada más. El problema moral está en saber si yo elegí hacer la maniobra para salvarla, o simplemente fueron mis manos las que mecánicamente hicieron lo necesario. Me es imposible responder a esto con certeza". Sea como fuere, salvar a la "vieja idiota" lo acerca a una argentina a la que llama, ya, "mi mujer": Aurora, "un nombre justísimo para ella y para mí". Aurora, la mujer que lo cuida, lo acompaña, se va a vivir con él a un departamentito de la rue de Gentilly, cerca de la Place d'Italie; Aurora, la que "me salva de algo que hubiera terminado conmigo".

El 25 de agosto de ese mismo año, Julio le transmite a su amigo imágenes dichosas.Aurora y él se han casado en la Mairie del barrio, la "famosa y ultrajada pierna va mejor", se bañan en las duchas públicas (¡ah, esos departamentos del París de la época, con el retrete afuera!), sueñan con ir a Italia.

Un sueño al fin cumpido y una larga reflexión sobre el arte y el tiempo. En marzo de 1954, desde Asís, Cortázar se "deprime" al advertir la perfección de esa misma ciudad que en un viaje anterior le había parecido "mediocre": "es como un espejo donde uno se ve por sorpresa, sin haber tenido tiempo de 'acomodar' la cara, es decir, que se ve como es de veras. Comprendí que ninguna emoción estética vale por sí misma [...] Y además sentí el peso del tiempo, de los cuarenta años que voy a tener muy pronto". Y en junio del mismo año, de regreso de Florencia, no sólo reitera su convencimiento de que no basta con unas pocas horas para comprender una obra de Donatello sino que, además, descubre la existencia de una "influencia mutua de los artistas a través del espectador": "muchas veces me ha ocurrido que si una mañana iba a ver las estatuas de Donatello antes que las de Miguel Angel, mi sensibilidad frente a este último era sutilmente distinta. [...] Habría que escribir alguna vez sobre el maravilloso campo de batalla espiritual que es una sala de museo".

Con el correr de los años el silencio se instala, pero no disminuye la conexión profunda. Junio de 1962: "he pensado mucho en vos en los últimos tiempos, porque mi próximo libro, que se llamará Rayuela, va a ser el libro donde me vas a encontrar a fondo, donde vos y yo hemos dialogado muchas veces sin que lo supieras. No es que seas un personaje de la obra, pero tu humor, tu enorme sensibilidad poética, y sobre todo tu sed metafísica, se reflejan en el personaje central". Y en septiembre de 1963: "valía la pena escribir Rayuela para que alguien como tú me dijera lo que me has dicho. Ahora empezarán los filólogos y los retóricos, los clasificadores y los tasadores, pero nosotros estamos del otro lado, en ese territorio libre y salvaje y delicado donde la poesía es posible y nos llega como una flecha de abejas, como me llegan tu carta y tu cariño".

Fredi sobrevivió a Cortázar: su flecha dorada se extinguió en Mar del Plata en 1995. Dos años más tarde, su viuda publicó en edición bilingüe (él escribía en francés) un libro fascinante que lleva el título de uno de sus poemas, La gran respiración bailada, y que incluye dos poemas inéditos de Cortázar dedicados a ella y a Fredi. El primero está fechado en Roma, septiembre de 1953. Una puerta y una ventana le inspiran la pregunta: "¿Cuál devuelve al pasado, cuál contiene el futuro?". Estoy segura de que su amigo habría contestado, como en el poema de Lao-Tsé, que lo importante no es la puerta sino el vacío entre el abrir y el cerrar. Fredi o la eternidad, Cortázar o el tiempo: buen título para la historia de una "exigente amistad".


Por Alicia Dujovne Ortiz
para La Nación - Buenos Aires, 2000






La poesía lo atraía como el peligro. En una nota publicada en este Suplemento, el 5 de octubre de 1997, Jorge Cruz se refería a Fredi Guthmann como a uno de esos autores "raros", de acuerdo con la calificación de Rubén Darío, un "pararrayos de piantados", según lo retrata Cortázar en La vuelta al día en ochenta mundos. A pesar de su pasión poética, los orígenes de Fredi no podían ser más burgueses. Descendía de joyeros y hasta los 60 años tuvo que alternar la profesión familiar con las inclinaciones místicas y el vértigo de los viajes. Guthmann conoció a figuras legendarias como André Breton, Antonin Artaud, Benjamin Fondane, Leonor Fini y Xul Solar.

Con su velero, Guthmann recorrió mares lejanos. La Polinesia francesa lo hechizó. Precisamente en estos días, en Villa Victoria, en Mar del Plata, se exhiben fotografías tomadas por él en la Polinesia y en Nueva Guinea. De esos días, contaba aventuras extraordinarias. En una ocasión naufragó; en otra, se salvó de ser devorado por caníbales. Durante la guerra, se hizo aviador. Por cierto, era partidario de De Gaulle. Amaba la libertad.


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